[ESPAÑOL ABAJO]
Reformism is the belief that capitalism can be improved. Reformists want better wages, safer jobs, universal healthcare, affordable housing, and legal protections for oppressed groups. They want the system to be fairer, not abolished.
For over a century, many on the left believed this was a first step toward revolution. Even communists used to argue that leading militant reform struggles—like strikes for higher pay or campaigns for stronger unions—would expose the limits of capitalism and lead workers to demand more. The theory was that fighting for reforms would radicalize people, teaching them to trust their own power and take the next step toward communism.
But that theory didn’t work.
Instead of preparing the ground for revolution, it grew new reformists. Workers won some reforms—and often, they were grateful to the unions or politicians who delivered them. They got just enough to believe in the system, not break from it. When those reforms were later reversed or crushed—as they always are under capitalism—many were disillusioned and dropped out of struggle entirely. Rather than becoming communists, they became disappointed reformers.
Capitalism can’t be reformed. Its engine is profit. To keep profits flowing, bosses must exploit labor, fuel racism and sexism, control the state, and make war. Any reform that cuts into profit is attacked. Gains are rolled back by courts, legislation, police, or economic crisis. Wage increases can’t keep up with inflation.
And yet reformism is seductive. It promises quick results. It urges us to be “practical.” It tells us to vote for the lesser evil, pass one more law, elect one more progressive. But this only drains energy from revolution. Reformism teaches people to appeal to power, not to seize it.
Some reformists say we must pass through “stages”—first winning democracy or independence, then later fighting for socialism. History shows this doesn’t work either. Nationalist leaders always strike deals with imperialists and suppress workers’ movements. The local elite replaces the foreign one, and capitalism continues.
Even the “socialist” stage once imagined by communists has proven to be a dead end. The old idea of socialism as a transitional phase—with state-run industries, wages, and money—turned out to be state capitalism. The bosses were replaced by bureaucrats, who themselves became bosses, and exploitation remained.
Today, communists reject reformism and the two-stage theory. We reject the idea of socialism as a halfway house. We fight directly for communism—a society without money, wages, private property, borders, or the state. We don’t wait for a perfect moment osr a gradual shift. We organize now for the revolutionary overthrow of capitalism.
That doesn’t mean we ignore workers’ struggles. On the contrary, we participate in them—but not to win temporary reforms. We take part them to build relationships, to spread communist ideas, and to fight for a new kind of power. We see reform struggles as an opportunity to win angry workers in struggle to see that communism will end their wage slavery, to show that workers can run society and produce collectively to meet our needs instead of their profits.
Reformism is not a stepping stone. It’s a trap. Communists don’t want a nicer version of capitalism; there is none. We want to destroy it. That’s the message we bring to every strike, every protest, every school and workplace. Not hope in elections or reforms, but confidence in the power of the working class to transform the world.
[TRADUCCIÓN PROVISIONAL]
El reformismo es la creencia de que el capitalismo puede mejorarse. Los reformistas quieren mejores salarios, empleos más seguros, sanidad universal, viviendas asequibles y protección legal para los grupos oprimidos. Quieren que el sistema sea más justo, no que se abol
Durante más de un siglo, muchos en la izquierda creyeron que este era un primer paso hacia la revolución. Incluso los comunistas solían argumentar que liderar luchas reformistas militantes, como huelgas por salarios más altos o campañas por sindicatos más fuertes, expondría los límites del capitalismo y llevaría a los trabajadores a exigir más. La teoría era que luchar por las reformas radicalizaría a la gente, enseñándoles a confiar en su propio poder y a dar el siguiente paso hacia el comunismo.
Pero esa teoría no funcionó.
En lugar de preparar el terreno para la revolución, hizo crecer a nuevos reformistas. Los trabajadores consiguieron algunas reformas y, a menudo, se mostraron agradecidos a los sindicatos o a los políticos que las lograron. Obtuvieron lo justo para creer en el sistema, no para romper con él. Cuando esas reformas fueron posteriormente revocadas o aplastadas, como siempre ocurre bajo el capitalismo, muchos se desilusionaron y abandonaron por completo la lucha. En lugar de convertirse en comunistas, se convirtieron en reformistas decepcionados.
El capitalismo no se puede reformar. Su motor es el beneficio. Para que los beneficios sigan fluyendo, los jefes deben explotar la mano de obra, alimentar el racismo y el sexismo, controlar el Estado y hacer la guerra. Cualquier reforma que reduzca los beneficios es atacada. Las conquistas se revierten mediante los tribunales, la legislación, la policía o la crisis económica. Los aumentos salariales no pueden seguir el ritmo de la inflación.
Y, sin embargo, el reformismo es seductor. Promete resultados rápidos. Nos insta a ser «prácticos». Nos dice que votemos por el mal menor, que aprobemos una ley más, que elijamos a un progresista más. Pero esto solo agota la energía de la revolución. El reformismo enseña a la gente a apelar al poder, no a tomarlo.
Algunos reformistas dicen que debemos pasar por «etapas»: primero conquistar la democracia o la independencia y luego luchar por el socialismo. La historia demuestra que esto tampoco funciona. Los líderes nacionalistas siempre llegan a acuerdos con los imperialistas y reprimen los movimientos obreros. La élite local sustituye a la extranjera y el capitalismo continúa.
Incluso la etapa «socialista» que imaginaron en su día los comunistas ha demostrado ser un callejón sin salida. La vieja idea del socialismo como fase de transición —con industrias, salarios y dinero estatales— resultó ser capitalismo de Estado. Los jefes fueron sustituidos por burócratas, que se convirtieron ellos mismos en jefes, y la explotación se mantuvo.
Hoy, los comunistas rechazamos el reformismo y la teoría de las dos etapas. Rechazamos la idea del socialismo como una solución a medias. Luchamos directamente por el comunismo, una sociedad sin dinero, salarios, propiedad privada, fronteras ni Estado. No esperamos un momento perfecto ni un cambio gradual. Nos organizamos ahora para el derrocamiento revolucionario del capitalismo.
Eso no significa que ignoremos las luchas de los trabajadores. Al contrario, participamos en ellas, pero no para conseguir reformas temporales. Participamos en ellas para construir relaciones, difundir las ideas comunistas y luchar por un nuevo tipo de poder. Consideramos las luchas reformistas como una oportunidad para ganar a los trabajadores enfadados en la lucha, para que vean que el comunismo acabará con su esclavitud salarial, para demostrar que los trabajadores pueden dirigir la sociedad y producir colectivamente para satisfacer nuestras necesidades en lugar de sus beneficios.
El reformismo no es un peldaño. Es una trampa. Los comunistas no queremos una versión más amable del capitalismo; no existe. Queremos destruirlo.
Ese es el mensaje que llevamos a cada huelga, a cada protesta, a cada escuela y lugar de trabajo. No esperanza en las elecciones o en las reformas, sino confianza en el poder de la clase obrera para transformar el mundo.
